Nueva York, cinco de febrero de 2007, lunes preludio de una semana intensa, estrés, la noche no podía ser más fría y para colmo de males se me rompen las gafas contra una mejilla tipo yunque. La culpa la tuvo la bárbara costumbre de darse besos en vez de la mano. Congelada y medio ciega me resacató a la salida de Bobst Library un compañero que me indicó con un guiño que también iba al “acto”. Era Alexander Pérez Heredia, que aunque tiene apellido de rey gitano es un ensayista caribeño con pinta de niño travieso que se acaba de comer todo el chocolate. Me tendió su brazo y me condujo al Centro Rey Juan Carlos en el 53 de Washington Square South, unos cincuenta metros más allá de donde nos encontrábamos.
Nos recibió el misterioso y barbado James Fernández, director del centro y un espíritu bueno como hay pocos. Jim sabe más de los heterodoxos españoles que Menéndez y Pelayo, y aunque no es muy dado a soliloquios cada vez que habla una se da cuenta de lo mucho que tiene que aprender. Él fue nuestro maestro de ceremonias y en cuanto mencionó la palabra “conspiradores” se me torcieron las gafas y me imaginé otra vez en la comisaría del aeropuerto en donde cada hispanohablante tiene su historia. La mía no es de las más brillantes y voy a ahorrarles el chisme. En el King Juan Carlos tomó la palabra Carmen Boullosa, como una sacerdotisa de la nueva era la escritor mejicana se presentó ante todos elegantísima, con una chaqueta negra de formas imposibles y pliegues que no obstante resaltaba su figura esbelta. El pelo largo, lacio, negro, como siempre hacia atrás acentuando su mirada de gato. Empezó echando de menos al gran ausente de la noche, el novelista cubano Jose Manuel Prieto, conspirador principal contra quien conspiró el tiempo y no pudo llegar. Carmen leyó el “Manifiesto Neoyorkino” entre solemne y juguetona, y al terminar, por primera vez, el auditorio se dejó de suspicacias y aplaudió en español a la mesa con un ritmo de tango entre andino y flamenco.
Los firmantes del manifiesto han formado el Café Nueva York. No vayan a buscarlo en su barrio porque es un lugar virtual (www.cafenuevayork.com) que se llama así porque sus miembros de carne y hueso te organizan una tertulia allí donde van, que si algo nos gusta a los hispanos es hablar y si puede ser de literatura, mucho mejor. Después del manifiesto los “cafeteros” leyeron un texto al auditorio encomendándose a su “patrón”; un predecesor literario de ascendencia hispanoamericana que hubiera vivido y escrito en la ciudad que nos tiene adoptados.
Empezó Sylvia Molloy risueña, como casi siempre, con esa capacidad extraordinaria de ser profunda y ligera, que cuando sonríe se le cierran los ojos y a pesar de todo, no se dejen engañar, que sigue mirando. La novelista y ensayista argentina invocó a su paisano Manuel Puig que residió en la Gran Manzana en la década de los sesenta. Nos leyó unos fragmentos de “Varia imaginación” en los que evocaba los recuerdos desde la distancia. En pocas pero finísimas frases escuchamos las metiras de sus peronajes. Una madre y una hija cómplices que se siguen queriendo y buscan ansiosas el lugar común; el imposible pasado.
Pasó el relevo al novelista español Eduardo Lago, actual director del Instituto Cervantes. Sentado en la mesa, sin estridencias en el vestido, con sus gruesas cejas negras que parecen protegerlo y le permiten divagar con los ojos sin ser molestado, nos habló de la importancia de la comunidad de hablantes y dijo que eso no hay frontera ni océano que lo cambie. Eligió a “un hispano de Barcelona”, Felipe Alfau, que llegó a Nueva York con catorce años en 1916. Después de confesarnos que escribió su tesis sobre Baltasar Gracián, Lago nos leyó un relato intrincado, no diría que barroco, pero sí con infinitos espejos. Modulaba la voz encarnando a los personajes de su historia de amor nocturno, con una tertulia fantasma, alcohol, cine italiano y Dostoevsky.
El coche de Eduardo nos dejó en el semáforo junto a otro tocayo boliviano, el poeta Eduardo Mitre, discreto, con el peinado atendido y la raya al lado, como si no hubiera roto un plato en su vida pero que desbordaba erotismo al leernos los versos que dedicó a las eternas divinas estrellas y un poquitín manidas: Marilyn Monroe y Natalie Wood. Leyó dos poemas más, recuerdos de la ciudad: uno a Harlem y otro a Scott, el amigo que “no pedía dinero sino conversación”. Mitre se había encomendado a Federico García Lorca y algo debimos de hacer para molestar a su espíritu, aunque tal vez no fuimos nosotros sino estos enigmas entre poetas, porque después del granadino se fastidió el proyector y ya no pudo verse a ningún patrón más en el parnaso.
Nos quedamos sin ver las fotografías de Ruben Darío que fue el elegido por Carmen Boullosa para que le guiara en el trago. En el relato de la madrina de la noche además de trago se fumó opio, que el maestro Darío quería ir bien preparado a conocer al primer manhattanito de la historia. Un espíritu hispano que habitaba en una isla de la que olvidé el nombre pero que estaba cerca, quizá fuera Staten Island. El cuento de humor macabro no podía ser más adecuado para la ocasión. Carmén nos dejó con el espíritu cantarín en manos de su compatriota Naief Yehfa, que vino a rescatar a Juan José Tablada, “un antirrevolucionario y un nazi” según Naief, pero también, el primer traductor de los Haikus al español, entre otros méritos. El polifacético mejicano nos leyó un relato desternillante, donde vaya usted a saber cómo (porque para eso habría que leer el cuento), se planeaba el rodaje de una película con un cineasta entusiasta con más voluntad que aciertos, el socio que siempre acababa pagando el pato y un comandante metido a actor sin piernas ni brazos.
La literatura es un estado de conciencia alterado como los que provocan los retornos, el vodka, las curvas sensuales, o el opio, y Naief Yehfa con su relato se encargó de servinos “la copa”. Esa copa, precisamente ésa, la que te hace pasar del “voy contento” al “estoy borracho”, pero de buena onda; muy buena, que hasta los poetas muertos se reían en sus fotos dentro del Power Point que traía Carmen con todos ellos. La cosa se divulgó como una onda expansiva, desde la mesa en donde Sylvia Molloy no podía más y palmeaba la tabla al ritmo de las palabras de Naeif quien, sin poder evitarlo, se contangió así mismo: “Qué vergüenza, me estoy riendo con mi propio relato”, dijo. De vergüenza ninguna, que en la primera fila James Fernandez de puro rojo se curó de su resfriado con la risa, y desde mi sitio veía también otros casos: a mi paisana Patricia López, teórica empedernida, sin poder contener las lágrimas y a Felipe Martínez, poeta colombiano, que se reía tanto que se le desencajó la mandíbula. El pobre tuvo que volver a casa, en el Brooklyn profundo, babeando y con la boca abierta, menos mal que allí son gente solidaria y le ayudaron. En cuanto lo vio su vecino le metió un puñetazo con la derecha y lo dejó como nuevo.
Señores, así se lo cuento, que cuando llegó el final tenía las gafas por las rodillas y ya no veía nada, pero daba igual, que me dijo Lina Meruane, eléctrica escritora chilena, que existe una facultad humana gracias a la cual todos los sentidos están conectados, y yo que tengo muy buen oído fui capaz de ver todas estas cosas como si fuera un murciélago. Después vino la cena, que no sólo de palabra vive ni el hombre, ni la mujer, ni el quiróptero, ni los poetas y allí me di cuenta de que todo grupo literario necesita una mascota y, qué quieren que les diga, descubiertas mis cualidades murcieguiles creo que soy la mejor candidata.
(Murciélago del Café Nueva York)
La ecolocalización es la capacidad de emitir ultrasonidos y recibir ecos permitiendo a los animales que cuentan con esta capacidad (el murciélago por ejemplo),desenvolverse en condiciones de absoluta oscuridad. Ecolocalizadores del mundo, sed bienvenidos.
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